El gustador.

El abuelo siempre hablaba de la guerra.

La verdad no se de cual porque después de todo este país siempre ha estado en guerra, pero él siempre hablaba de la guerra.

Contaba que cuando el estaba muy pequeño fue la guerra. Y que muchas personas de la ciudad y de los pueblos, principalmente los liberales, se fueron huyendo al campo, a vivir en el monte y comer de lo que pudieran cultivar porque la comida escaseaba en todas partes.

La base de la alimentación de la familia era la sopa, que es en realidad un plato muy fácil de hacer y que se acomoda casi a cualquier presupuesto. Todo es cuestión de poner a hervir agua y echarle cosas que le den sabor a cualquier cosa. Cebolla, papa, hojas de lo que sea, zanahoria, yuca, plátano. Lo que se consiguiera.

En casa del abuelo las cosas iban muy mal, pero no tan mal como en otras partes. Al menos ellos contaban con lo que en la época llamaban un “huesito gustador”. Como la carne era un lujo con el que contaban únicamente los godos mas pudientes, la gente solía utilizar un hueso para al menos darle sabor a carne a la sopa. Ponían a hervir el agua con lo que le fueran a echar a la sopa y casi al final de la cocción metían el hueso por un rato, lo sacaban y lo guardaban para volverlo a utilizar hasta extraerle todo su sabor y sustancia.

Contaba el abuelo que cerca de ellos vivían otros liberales que estaban en peor situación económica, tanto que un día la vecina fue a pedirles prestado el gustador para hacer una sopa porque habían venido unos parientes de visita. A lo que la bisabuela respondió:

Ni me lo chupe,
ni me lo lamba,
dos metiditas
y me lo manda.



Como supondrán, esa frase, que ya lleva 4 generaciones en la familia, se ha prestado para toda clase de interpretaciones.




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