Era una tarde cualquiera.

Israel estaba sentando en la tienda de la esquina hablando mierda con unos amigos, como hacía todos los domingos por la tarde. Se tomaban un par de cervezas, jugaban un partido de dominó y arreglaban el mundo. Ponían y quitaban presidentes, alcaldes y gobernadores. Ideaban estrategias para acabar con la guerrilla. Encontraban culpables y conspiraciones para cualquier pandemia que apareciera. Hacían alineaciones infalibles para que su equipo de futbol ganara el campeonato.

Futbol. Esa era la gran pasión de Israel. Pasión que hace poco había sufrido un gran revés. Su equipo del alma, al que había apoyado en las buenas y en las malas durante todo el campeonato, había perdido la final, en casa, ante más de cincuenta mil espectadores, de forma abrumadora. Que fue culpa del técnico. Que fue culpa de los jugadores. Que fue culpa del portero. Que fue culpa de fulano. Que el equipo no merecía ganar. Que una cosa. Que la otra.

Justo estaban hablando de futbol cuando vieron pasar a un jugador de su "equipo del alma" que vivía por el sector.

"¡Maleta!" Le gritó Israel. "Están jodidos! Como se dejaron ganar tan maricamente el campeonato!"

El jugador le dijo que no jodiera, que esas cosas pasan en el futbol. Que unos ganan y otros pierden. Y que en diciembre seguro se quedaban con el título.

Israel le gritó: "Que va! Si ustedes no sudan la camiseta. Valen huevo!"

"Respete llave, que mientras usted está bebiendo y rascándose las huevas yo soy el que está luchando por el partido. El que vale huevo es otro." le respondió el futbolista.

Fue ahí cuando los tragos se le subieron a la cabeza a Israel. Sacó un arma de la pretina del pantalón y le disparó al futbolista hiriéndolo en un brazo. El jugador como pudo se dio vuelta y salió corriendo pero en medio de su borrachera Israel se levantó de la silla y lo persiguió. Disparó dos, tres veces más. Las balas impactaron en el cuerpo del jugador que quedó tendido en la calle. Muerto porque un hincha no soportó que su equipo del alma hubiera perdido el campeonato.

Al día siguiente Israel se entregó a las autoridades. Confesó que había cometido el crimen. Se veía arrepentido. Acongojado. Aceptó que estaba muy tomado y que el alcohol era quien había actuado. Dijo que en pleno uso de sus facultades jamás hubiera hecho algo así. Lloró. Pidió perdón.

Pero la justicia es para todos. Israel había cometido un crimen. Había asesinado a alguien. Con un arma sin salvoconducto. Había muchos testigos. No había nada que hacer. Israel debía pagar por su crimen. Esas muestras de intolerancia deben ser castigadas de manera ejemplar.

Los abogados del equipo se encargaron de que cayera sobre Israel todo el peso de la ley.

Como tiene que ser.

Hace poco ocurrió en la ciudad algo parecido, pero al contrario. Aquí el asesino fue el futbolista y la víctima fue Israel.

Pero el futbolista sigue libre y los medios se están encargando de hacerlo ver a él como la víctima en esta historia. Pobrecito dicen. Está muy arrepentido. Entiéndalo. Compréndanlo. Perdónenlo.

Es que definitivamente, como trinó Turint: "Tiene sus ventajas que tu patrón sea el alcalde."