Cuenta la historia, que el Tío Gato estaba muerto de ganas por comerse los panecillos que horneaba la vieja Tomasa. Siempre que pasaba por la cocina y sentía el aroma, éste se le metía por la nariz, le subía al cerebro y le recorría todo el cuerpo, no sin antes detenerse en su boca y hacer que esta babeara profusamente.
Tantas eran las ganas que el Tío Gato tenía de comerse esos panecillos.
Cuentan, que una noche, agazapado entre el pasto y la oscuridad, se metió a la cocina de la vieja Tomasa por un agujero que había en el tejado. Lentamente se deslizó por la pared hasta llegar al mesón donde la vieja ponía los panecillos. Se acercó despacito, y cuando estaba a punto de comer uno, se le ocurrió que la vieja Tomasa tenía problemas para dormir, y que seguramente debería estar dando vueltas por la casa y lo iba a escuchar en la cocina, y entonces iba a venir corriendo y lo iba a sacar a escobazos. Así que, más rápido que un rayo, el Tío Gato subió por la despensa, llegó al techo y por el mismo agujero que había entrado salió a toda velocidad.
Cuentan también que un día que la vieja Tomasa estaba lavando ropa en el patio, el Tío Gato vio que en la ventana estaban los panecillos que tanto deseaba. La vieja Tomasa los había puesto ahí para que terminaran de enfriarse. Despacito y sin hacer ruido el Tío Gato se deslizó entre las sábanas blancas colgadas en el patio, subió por la pared y llegó a la ventana donde estaban los panecillos. Se acercó despacito, y cuando estaba a punto de comer uno, se le ocurrió que seguramente estaban muy calientes, y que al morderlo se iba quemar, y entonces iba a maullar tan fuerte que la vieja Tomasa lo iba a escuchar y lo iba a arrojar en la ponchera de agua con jabón como castigo por comerse los panecillos. Así que, más rápido que un rayo, el Tío Gato bajo de la ventana, y deslizándose entre las sábanas blancas colgadas en el patio se fue a toda velocidad.
Pero cuentan las viejas, que un día que amaneció haciendo mucho viento, el Tío Gato caminaba tranquilamente por el tejado, cuando una ráfaga de viento lo cogió desprevenido, lo empujo hacia la orilla del techo y lo hizo caer hasta la ventana donde estaban los panecillos. El Tío Gato maulló al caer, pero su maullido fue ahogado por un panecillo que terminó dentro de su boca. Cuentan que entonces el Tío Gato no tuvo más remedio que cerrar la boca y tragarse el panecillo. Pero ya no le pareció tan delicioso como lo había pensado.
¿Por qué será que muchas veces esperamos a que alguien nos de un empujón para hacer las cosas, en lugar de hacerlas nosotros mismos?
La imagen la tomé prestada de aquí.




Para mi la moraleja es: lo que es del gato no se lo come el perro.
Moraleja 2: no te esfuerces en solucionar tus problemas, a veces ellos se solucionan por simple suerte.
Porque para muchos es más fácil y cómodo así....que todo venga a sus manos sin necesidad de esforzarce....
Me ha gustado el relato, y sobre todo la moraleja, que sí que es cierta.
Esto... ¿Y el carnaval? Espero fotos. Y a poder ser también música, jeje, que por pedir...
Besos.
Pues, este cuento se puede interpretar de varias maneras, yo pienso que a veces hay que atreverse a hacer las cosas cuando las queremos hacer porque quizás cuando vengan a nosotros ya no vamos a quererlas igual, nada da mas gusto que las recompensas que se ganan por el propio esfuerzo.
Y pues también como dicen el sr. Turint, lo que es de uno, es de uno, así se tarde en llegar..
Salu2