Cuando en el barrio se corrió la voz de que Oscar, el esposo de doña Omaira iba a regresar, todo el mundo se conmocionó.
Oscar tenía 25 años de estar preso en Miami por tráfico de drogas. Los más viejos, los que tenían más tiempo de vivir en el barrio, recordaban como eran las cosas en la buena época de Oscar: fiestas hasta el amanecer todos los fines de semana, un carro nuevo todos los meses, regalos para todos los niños de la cuadra en navidad, hasta puso una antena parabólica para el barrio en aquella época en que la televisión por cable era apenas un sueño para la gente de la ciudad. Si, Oscar era un bacán. Pero un bacán que estaba en el negocio equivocado.
Muchos dicen que Oscar no era ninguna perita en dulce, después de todo para estar en ese negocio no hay que ser precisamente un angelito; sin embargo todos estaban de acuerdo en que su relación con Omaira era especial. Durante los 25 años que Oscar estuvo preso hubo cartas y llamadas telefónicas entre ellos religiosamente todas las semanas; nunca nadie vio a Omaira con otro hombre, ni en fiestas, ni nada por el estilo. Por el contrario, siempre la vieron trabajando de sol a sol para pagar siempre a tiempo sus cuentas y poder sacar adelante a sus dos hijos. Claro está, que nunca faltó el malpensado que dijera que Oscar le había dejado buen dinero de todos los embarques que había coronado. Otros decían que, al mejor estilo de la mafia italiana, Oscar había dejado a alguien encargado del cuidado de su familia. Otros decían que María, la hija de Omaira, era prepago y que con eso era que subsistían. Lo cierto es que Omaira salia temprano todos los días a trabajar y regresaba tarde en la noche con cara de cansancio; sudaba la gota gorda en sus dos trabajos para educar a sus hijos y con mucho esfuerzo y sacrificio logró que estudiaran en la mejor universidad de la ciudad y se convirtieran en profesionales de bien.
Días antes de la llegada de Oscar, Omaira tiró la casa por la ventana. O mejor dicho, arregló las ventanas de la casa. Las ventanas, las puertas, el techo, el jardín, el patio, el piso, pintó por dentro y por fuera, cambió los muebles, la nevera, la estufa y compró televisores y teatros en casa. Se compró ropa nueva, se arregló el cabello y se metió a un gimnasio para quemar esos gorditos de más que tenía. Invitó a todo el barrio a un gran asado que se celebraría en el parque el día del regreso de Oscar, para recibirlo como se merecía. Y después de tantos preparativos, por fin llegó el día del tan esperado regreso de Oscar.
Omaira se veia resplandeciente. Había comida y bebidas a borbotones. Una gran tarima con música, un millo y dos conjuntos vallenatos. Oscar no se lo podía creer. Todos sus antiguos amigos del barrio estaban ahí, su familia, conocidos y obviamente su esposa y sus dos hijos con sus familias. Oscar ya era abuelo y hasta ese momento sólo había visto a sus nietos en fotos; cuando los niños se lanzaron sobre él diciéndole abuelo, abuelo, Oscar estalló en llanto. Si. Se había equivocado, había pagado por sus errores, pero ya estaba de regreso para empezar una nueva vida y su familia estaba con él.
Antes de empezar oficialmente la fiesta, Omaira se subió en la tarima y se dirigió a los presentes. Les agradeció su compañía, agradeció a Dios la vitalidad que le dió para poder salir adelante durante esos largos 25 años en que su esposo estuvo en prisión y le agradeció sobre todo que Oscar estuviera de regreso. Se le aguaron los ojos cuando contó parte de las dificultades que había tenido que sortear en estos 25 años de soledad, los problemas que había enfrentado para educar a sus hijos con su padre en prisión, para poder subsistir sola, salir adelante, soportar los rumores y los chismes de la gente, enfrentar el abandono de los amigos que sólo estaban con ella mientras estuvo en la buena, contó como muchas veces tuvo que sacarse el pan de la boca para dárselo a sus pequeños, como trabajó hasta el cansancio para mantener un nivel de vida más o menos aceptable. Sacrificios que hoy se veían recompensados al tener a su esposo nuevamente junto a ella. Por eso, antes de empezar la fiesta quería darle a Oscar un regalo especial.
Omaira se dió la vuelta y de una mesa que estaba en la tarima cogió una pequeña caja de regalo. La abrió lentamente y en ella había una pistola Beretta, la preferida de Oscar en sus mejores tiempos. La tomó con ambas manos y le descargó 5 balazos a Oscar en la cabeza mientras le gritaba: "Gracias por estos 25 años, hijueputa!"
Dicen que el familiar tiene unas cadenas en el pescuezo. Algo anda rondando la propiedad... sin hablar aparece atrás y se pierde... es como un perro enorme, un perro negro dicen que es.








