La Coctelera

Categoría: Historias Cortas

12 Agosto 2009

25 años...

Cuando en el barrio se corrió la voz de que Oscar, el esposo de doña Omaira iba a regresar, todo el mundo se conmocionó.

Oscar tenía 25 años de estar preso en Miami por tráfico de drogas. Los más viejos, los que tenían más tiempo de vivir en el barrio, recordaban como eran las cosas en la buena época de Oscar: fiestas hasta el amanecer todos los fines de semana, un carro nuevo todos los meses, regalos para todos los niños de la cuadra en navidad, hasta puso una antena parabólica para el barrio en aquella época en que la televisión por cable era apenas un sueño para la gente de la ciudad. Si, Oscar era un bacán. Pero un bacán que estaba en el negocio equivocado.

Muchos dicen que Oscar no era ninguna perita en dulce, después de todo para estar en ese negocio no hay que ser precisamente un angelito; sin embargo todos estaban de acuerdo en que su relación con Omaira era especial. Durante los 25 años que Oscar estuvo preso hubo cartas y llamadas telefónicas entre ellos religiosamente todas las semanas; nunca nadie vio a Omaira con otro hombre, ni en fiestas, ni nada por el estilo. Por el contrario, siempre la vieron trabajando de sol a sol para pagar siempre a tiempo sus cuentas y poder sacar adelante a sus dos hijos. Claro está, que nunca faltó el malpensado que dijera que Oscar le había dejado buen dinero de todos los embarques que había coronado. Otros decían que, al mejor estilo de la mafia italiana, Oscar había dejado a alguien encargado del cuidado de su familia. Otros decían que María, la hija de Omaira, era prepago y que con eso era que subsistían. Lo cierto es que Omaira salia temprano todos los días a trabajar y regresaba tarde en la noche con cara de cansancio; sudaba la gota gorda en sus dos trabajos para educar a sus hijos y con mucho esfuerzo y sacrificio logró que estudiaran en la mejor universidad de la ciudad y se convirtieran en profesionales de bien.

Días antes de la llegada de Oscar, Omaira tiró la casa por la ventana. O mejor dicho, arregló las ventanas de la casa. Las ventanas, las puertas, el techo, el jardín, el patio, el piso, pintó por dentro y por fuera, cambió los muebles, la nevera, la estufa y compró televisores y teatros en casa. Se compró ropa nueva, se arregló el cabello y se metió a un gimnasio para quemar esos gorditos de más que tenía. Invitó a todo el barrio a un gran asado que se celebraría en el parque el día del regreso de Oscar, para recibirlo como se merecía. Y después de tantos preparativos, por fin llegó el día del tan esperado regreso de Oscar.

Omaira se veia resplandeciente. Había comida y bebidas a borbotones. Una gran tarima con música, un millo y dos conjuntos vallenatos. Oscar no se lo podía creer. Todos sus antiguos amigos del barrio estaban ahí, su familia, conocidos y obviamente su esposa y sus dos hijos con sus familias. Oscar ya era abuelo y hasta ese momento sólo había visto a sus nietos en fotos; cuando los niños se lanzaron sobre él diciéndole abuelo, abuelo, Oscar estalló en llanto. Si. Se había equivocado, había pagado por sus errores, pero ya estaba de regreso para empezar una nueva vida y su familia estaba con él.

Antes de empezar oficialmente la fiesta, Omaira se subió en la tarima y se dirigió a los presentes. Les agradeció su compañía, agradeció a Dios la vitalidad que le dió para poder salir adelante durante esos largos 25 años en que su esposo estuvo en prisión y le agradeció sobre todo que Oscar estuviera de regreso. Se le aguaron los ojos cuando contó parte de las dificultades que había tenido que sortear en estos 25 años de soledad, los problemas que había enfrentado para educar a sus hijos con su padre en prisión, para poder subsistir sola, salir adelante, soportar los rumores y los chismes de la gente, enfrentar el abandono de los amigos que sólo estaban con ella mientras estuvo en la buena, contó como muchas veces tuvo que sacarse el pan de la boca para dárselo a sus pequeños, como trabajó hasta el cansancio para mantener un nivel de vida más o menos aceptable. Sacrificios que hoy se veían recompensados al tener a su esposo nuevamente junto a ella. Por eso, antes de empezar la fiesta quería darle a Oscar un regalo especial.

Omaira se dió la vuelta y de una mesa que estaba en la tarima cogió una pequeña caja de regalo. La abrió lentamente y en ella había una pistola Beretta, la preferida de Oscar en sus mejores tiempos. La tomó con ambas manos y le descargó 5 balazos a Oscar en la cabeza mientras le gritaba: "Gracias por estos 25 años, hijueputa!"




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9 Julio 2009

Era una tarde cualquiera.

Israel estaba sentando en la tienda de la esquina hablando mierda con unos amigos, como hacía todos los domingos por la tarde. Se tomaban un par de cervezas, jugaban un partido de dominó y arreglaban el mundo. Ponían y quitaban presidentes, alcaldes y gobernadores. Ideaban estrategias para acabar con la guerrilla. Encontraban culpables y conspiraciones para cualquier pandemia que apareciera. Hacían alineaciones infalibles para que su equipo de futbol ganara el campeonato.

Futbol. Esa era la gran pasión de Israel. Pasión que hace poco había sufrido un gran revés. Su equipo del alma, al que había apoyado en las buenas y en las malas durante todo el campeonato, había perdido la final, en casa, ante más de cincuenta mil espectadores, de forma abrumadora. Que fue culpa del técnico. Que fue culpa de los jugadores. Que fue culpa del portero. Que fue culpa de fulano. Que el equipo no merecía ganar. Que una cosa. Que la otra.

Justo estaban hablando de futbol cuando vieron pasar a un jugador de su "equipo del alma" que vivía por el sector.

"¡Maleta!" Le gritó Israel. "Están jodidos! Como se dejaron ganar tan maricamente el campeonato!"

El jugador le dijo que no jodiera, que esas cosas pasan en el futbol. Que unos ganan y otros pierden. Y que en diciembre seguro se quedaban con el título.

Israel le gritó: "Que va! Si ustedes no sudan la camiseta. Valen huevo!"

"Respete llave, que mientras usted está bebiendo y rascándose las huevas yo soy el que está luchando por el partido. El que vale huevo es otro." le respondió el futbolista.

Fue ahí cuando los tragos se le subieron a la cabeza a Israel. Sacó un arma de la pretina del pantalón y le disparó al futbolista hiriéndolo en un brazo. El jugador como pudo se dio vuelta y salió corriendo pero en medio de su borrachera Israel se levantó de la silla y lo persiguió. Disparó dos, tres veces más. Las balas impactaron en el cuerpo del jugador que quedó tendido en la calle. Muerto porque un hincha no soportó que su equipo del alma hubiera perdido el campeonato.

Al día siguiente Israel se entregó a las autoridades. Confesó que había cometido el crimen. Se veía arrepentido. Acongojado. Aceptó que estaba muy tomado y que el alcohol era quien había actuado. Dijo que en pleno uso de sus facultades jamás hubiera hecho algo así. Lloró. Pidió perdón.

Pero la justicia es para todos. Israel había cometido un crimen. Había asesinado a alguien. Con un arma sin salvoconducto. Había muchos testigos. No había nada que hacer. Israel debía pagar por su crimen. Esas muestras de intolerancia deben ser castigadas de manera ejemplar.

Los abogados del equipo se encargaron de que cayera sobre Israel todo el peso de la ley.

Como tiene que ser.

Hace poco ocurrió en la ciudad algo parecido, pero al contrario. Aquí el asesino fue el futbolista y la víctima fue Israel.

Pero el futbolista sigue libre y los medios se están encargando de hacerlo ver a él como la víctima en esta historia. Pobrecito dicen. Está muy arrepentido. Entiéndalo. Compréndanlo. Perdónenlo.

Es que definitivamente, como trinó Turint: "Tiene sus ventajas que tu patrón sea el alcalde."

28 Junio 2008

FIN...

Y mientras la veía alejarse, podía sentir como su felicidad se iba convirtiendo en recuerdos.




Cuento breve para el concurso de Esteban Dublín.

13 Febrero 2008

Ese día todos debían empadronarse.
Las filas eran eternas.
El gobierno había decidido repatriar a todos los extranjeros.
Por horas y horas bajo la inclemente lluvia él esperaba su turno para recibir su salvoconducto.

Y pensaba.
Pensaba en ella.
Pensaba en como el hado siempre se había encargado de interponerse entre ellos.
Se había encargado de que se enamoraran de un fantasma.
Se había encargado de que a último momento algo impidiera que se encontraran.
Se había encargado de mantenerlos alejados por más de 10 años.
Y ahora se encargaba de separarlos para siempre.

Seguramente ella ya estaba a bordo de un vapor.
Pensando en él.
Mientras él hacía esa interminable fila.
Pensando en ella.

El sol se ocultaba en el horizonte cuando él recibió su salvoconducto.
Ya tenía el papel que le permitía quedarse en la isla y regresaba a casa.
Cuando la vio.
En la fila.
Sólo fue verla para saber que era ella.
Y ella lo vio.
Sólo fue verlo para saber que era él.
A último momento el destino quería reconciliarse con ellos.
Y les permitió verse.
Y se fundieron en un beso eterno.
Eterno como el tiempo que estuvieron separados.
Eterno como el amor que en silencio habían sentido.
Eterno como la distancia que los había separado.
Y por fin pudieron verse a los ojos.
Y por fin pudieron ver el amor en esos ojos.
Y por fin pudieron sentir la piel de aquel con quien por años habían soñado.
Y escuchar frente a frente esa voz que los trastornaba.

En ese momento no importaba nada más.
Solo ellos.
Las prisiones, los rebeldes, el gobierno, las cartas, los mensajes, el tiempo, los años, las distancias, la vida… nada de eso importaba ahora.
Solo ellos.
Que por fin podían verse.
Que por fin podían tocarse.
Que por fin podían sentirse.
Que por fin podían confundir su respiración en un solo aliento.

Esa noche hizo que toda su espera valiera la pena.
Esa noche hizo que nada más existiera.

Al día siguiente ella partiría.
Al día siguiente el quedaría en la isla.
Quizá más nunca pudieran verse.
Quizá el sino les permitió verse por primera y última vez.
Nada de eso importaba ahora.

Ellos eran felices.

18 Octubre 2007

Horacio es el típico cachaco. De esos cachacos blancos de mejillas rosadas, que adornan con palabras de crucigrama cualquier frase y que se ponen saco de paño hasta para ir a la esquina a comprar el periódico. Eso, complementado con una prominente barba blanca, que Horacio había dejado crecer para ocultar una boca tamaño familiar, le daban un aspecto de Papa Noel bastante bonachón.

Por cosas de la vida, Horacio no vivía en Chapinero, sino en el barrio Paraíso, en Barranquilla.

Gladys era la típica costeña.
De esas costeñas de piel canela, que se comen la mitad de las palabras y que se bailan hasta las propagandas. Y la familia de Gladys también era la típica familia costeña. Mamadores de gallo a mas no poder, rumberos, tomadores, recocheros y burlones.

Pero como al amor nada le importa, Horacio y Gladys se conocieron, se enamoraron, se casaron y tuvieron una linda bebé.

Cuando los hermanos de Gladys fueron a conocer a la bebé comentaban entre ellos lo linda que era la niña, que si había sacado los ojos de la mamá, que si tenia la nariz como la abuelita no se que, que si una cosa, que si la otra.

Horacio los alcanzó a escuchar... y pasó todo el día cabizbajo... metido en sus pensamientos... preocupado por lo que acababa de oír de boca de sus propios cuñados... hasta que en la noche, no aguantó más... se acercó a Gladys, y de la forma más diplomática posible le preguntó...

Ala mi amorsh, cuénteme... ¿quién es ese tal Páez? ¿Es algún familiar de ustedes?
Es que sus hermanos estaban hablando de la niña y yo los escuché decir que menos mal que no había sacado la boca de Páez...

Páez?
Cual Páez mijo... decíamos que menos mal no había sacado la boca del pae!!!
El pae de la pelaita eres tu!!! Y con esa tremenda bemba que te gastas


* Pae es como se le dice en algunas regiones de la costa caribe Colombiana al Padre.

* Los Cuentos del Negro son marca registrada del señor Sebastian. Pueden leer más cuentos del negro haciendo click aquí.

17 Mayo 2007

Haciendo juicioso la tarea que me dejó el señor Turin quiero mostrarles una historia que escribí hace ya algunos años (por allá en el 86 u 87 tal vez); no sin antes aclarar que no recuerdo como ni por qué la escribí... de hecho, creo que lo que sucedió fue que en alguna oportunidad escuchando alguna emisora de esas de onda corta encontré un programa de la radio argentina donde contaban leyendas y tradiciones de las pampas... tal vez ahí escuché esta historia y lo único que hice fue transcribirla, tal vez ahi fue donde escuché por primera vez sobre "El familiar" y se me dió por escribir esto... Para ser sincero, no lo recuerdo... sólo se que en un cuaderno de Ciencias Naturales de sexto grado encontré, muchos años después, mientras escarbaba entre unas cajas guardadas en un closet, esta historia que siempre he considerado como mia y que hoy quiero compartir con ustedes.

El Familiar.

En San Pedro quedábamos los inútiles no más... los viejos, los niños y algún que otro vago.

- Medardo, te me quedás con el abuelo. No le hagás faltar nada, sabés?

Me había encomendado el papá antes de subir con mis hermanos en el camión que lo llevaría a la plantación.

- A ver mijo... arrímese... ponga a calentar una ollita de agua, el abuelo va a cebar unos amargos; que para eso es viejo, pero no manco ah? Ponga atención... no le vaya a hervir esa agua.

Largas horas pasaba con el abuelo meta cuento y cuento entre mate y mate. Decía que él de letras y garabatos no sabía nada y dichoso de usted que puede aprender esas cosas en la escuela, decía; pero ha de saber que hay cosas que los libros no enseñan y empezaba con los cuentos hasta que parecían casi una oración.

Y así se iba pasando el rato... lleno de historias estaba el abuelo. Siempre una nueva y después otra y otra.

- Medardo, te olvidarás de tu propio nombre; pero de lo que te voy a contar no te olvidarás jamás – Me decía... y empezaba otra. Yo me pasaba el día repartido entre el abuelo y las ovejas.

- No te preocupés de otra cosa – decía el abuelo – que yo me cuido solo.

Un día se me dio por pedirle que me contara de cuando él también iba a la cosecha, a levantar la caña, como iban mi padre y mis hermanos y como pronto empezaría a ir yo también.

- Mijo, si quiere que le cuente como es aquello, va a tener que arreglarle la cara a esa cebadura, y este mate... ya parece las invasiones inglesas... puro palo y agua caliente.

Noté que al viejo le brillaban los ojitos. Era la primera vez que lo veía así... se ve que me iba a contar algo interesante y había que escuchar con orejas y con ojos también.

- Vea mijo. Aquello no se lo deseo a naiden. En el ingenio la proveeduría se pone todo. Todo el mundo está condenado a proveeduría forzosa: libreta y vale, como ahí ninguno sabe leer... La caña se cultiva toda con peones criollos, el gringo no sirve, no aguanta doce horas bajo el sol, meta machete y machete con el solazo por camiseta y un pañuelo pa’ que el polvo se meta a los ojos... porque ahí si está jodido. La máquina no da descanso, no puede faltarle la caña, así que hay que cortar y pelar y bombear la abrasadera hasta el arrastre... sin parar. El trapiche no para, el peón no para. Ahora en la cosecha lo que mas viene son los indios, no hay como el mataco o el chiriguano pal’ desmonte de caña... viera usted la destreza de esa gente mijo.
A la noche, alguno trae una botella de alcohol y ahí no mas se arma una ronda... de mano en mano... como un tabaco, vió? Y les agarra un dolorcito en el alma y se quedan calentándose los huesos cerca del fuego. Y meta trago y tabaco en ronda. Según se van pasando las horas, se van quedando dormidos los más flojos y los más aguantadores empiezan los cuentos... a la final solamente algún cansao’ se oye en medio de la noche. Al otro día otra vez a trabajar, de sol a sol y Ay de pararse un minuto! Ya les cae el capataz encima; al final, entre multa y multa, se terminan comiendo la cuarta parte del salario... apenas si queda pa’ fideos y un pedazo de carne, azúcar y hierba mate.
Así se iban pasando los días, pero todos esperaban, sin nombrarlo, que el familiar se cobre su víctima.
En mitá de la noche, algo huele fuerte entre las cañas... un olor a azufre mijo, un olor hediondo.
Las nubes se cierran y en silencio, ni los perros ladran... por ahí entre las plantas, se ven como dos ojos... brillantes... como fuegos.... y se pierden. Más allá, otra vez... dos ojos de fuego. El viento trae ruidos raros... como cadenas arrastradas.
Dicen que el familiar tiene unas cadenas en el pescuezo. Algo anda rondando la propiedad... sin hablar aparece atrás y se pierde... es como un perro enorme, un perro negro dicen que es.
Contra el familiar no sirve ni la misma bala... no le hace daño al desgraciado. Es como el mismo diablo...

Pero al final, el familiar anda rondando no más.
Dicen que de día el patrón lo tiene en los sótanos, o en la caldera dicen que está... por eso nadie quiere entrar ahí y cuando el capataz manda a alguno a buscar una herramienta, ya se sabe... lo han elegido para el familiar.
En cada ingenio hay un familiar, el patrón hace un pacto con el diablo, santígüese mijo, y el patrón le da al familiar un peón cada año pa’ tener buena cosecha. Cuando alguno se cae en la caldera, que antes era de leña, no como ahora que son a gas, dicen que el familiar ya se cobró su víctima... o hay veces que algunos no aparecen de la noche a la mañana y nadie sabe donde están... es que ha sido el familiar.
Al patrón le da suerte y abundancia... y si el patrón no cumple, dicen que el familiar agarra y se cobra con él... pero que va... siempre termina cobrándose un peón.

El abuelo, que en paz descanse, tenía razón. Iba a olvidar mi nombre antes que la historia del familiar. Para estas que al otro año me tocó ir a Jujuy a mi también... a la cosecha de la caña.

Contaban que un día había caido uno... un tucumano dicen que era... que había sabido del familiar y que por eso andaba siempre con un cuchillo... siempre en el cinto. Y un día lo habían mandado al cuarto donde estaba el familiar... pero el bicho ese no le había podido hacer daño gracias a que el hombre le había hecho frente con la cruz del puñal... porque nada le hace al familiar el filo, sino la cruz que se hace con el mango. Entonces contaban que el patrón había llamado al indio y le había dado mil pesos, cuando mil pesos eran plata, pa’ que no cuente nada... y el hombre de había ido no más... calladito y bien pagao’.

Ese año el patrón desapareció. Dicen que el familiar nunca se queda sin comer... y el patrón había tenido que pagar su deuda.






Imagen:
1. http://www.folkloredelnorte.com.ar/

3 Abril 2007

Don Medardo Vargas era el dueño de la única farmacia del pueblo. Hombre correcto, serio y recto, tanto que rayaba en la rigidez. Respetado por todos e incluso temido por su fuerte carácter.

Un buen día, o un mal día según por donde se mire, don Medardo recibió una llamada telefónica a su negocio.

-Buenas don Medardo, ¿cómo le va?

-Buenas joven, cuénteme, ¿en que puedo ayudarlo?.

-Don Medardo, ¿tiene cánulas rectales?

-Si señor si tengo. ¿De que tamaño necesita?

-¿Cual es la más grande que tiene?

-La doble cero.

-Métasela por el culo.

Y colgaron.

A don Medardo le recorrió un chorro de agua helada desde los brazos hasta la cabeza y luego empezó a bajar por su espalda hasta llegar a sus piernas. Se quedó un rato con auricular aun en la oreja y luego, lentamente lo dejó caer. Y mientras caía don Medardo abría la gaveta del escritorio y sacaba su revolver, un Webley Mark IV que limpiaba todos los días, por si acaso. Y mientras abría la gaveta el frío que lo invadía se fue transformando lentamente en calor. Un calor tan intenso que lo quemaba por dentro.

Y don Medardo salió a la calle con el revolver en la mano y gritó: Voy a matar a ese hijueputa!











-- * --


-No señor, no puedo decirle de donde vino la llamada.

-Dígame Amelia porque voy a matar a ese hijueputa.

-No puedo don Medardo, necesito una orden del alcalde. No ve que eso es información confidencial?

Don Merdado había salido directo para Telecom a exigir que le dijeran quien había sido el chistoso que había llamado a burlarse de él. Telecom estaba al otro lado de la plaza. Don Medardo iba gritando por todo el camino que iba a matar a ese hijueputa, y por esto en la puerta de Telecom ya se arremolinaba gran cantidad de curiosos mirando como don Medardo agitaba el revolver en el aire y le gritaba a Amelia, la telefonista, que le dijera quien lo había llamado si no quería que la matara a ella también.

A los pocos minutos llegó el alcalde.

-¿Qué es lo que pasa aquí Medardo? Cuál es el escándalo?

-No me joda Orlando. No me joda porque soy capaz de faltarle el respeto.

-Pero cálmese Medardo y guarde ese revolver que va a lastimar a alguien.

-Es que ese hijueputa Orlando... ese hijueputa me dijo que me la metiera por el culo... lo voy a matar.

-¿Cuál hijueputa? ¿De que habla? Venga, venga, siéntese y hablemos.

Afuera la gente comentaba. Inventaba y sacaba conclusiones. Nunca habían visto a don Medardo tan alterado y hay que ver que él se alteraba con suma facilidad. Como aquella vez que descubrió al hijo de Ismael Serrano emborrachándose con jarabe para la tos y fue a su casa a insultar a Ismael por la “mala educación y mal ejemplo que le estaban dando al chino”. Ismael Serrano acabó pidiéndole disculpas y prometiéndole que iba a estar mas pendiente de Samuel y que iba a dejar de tomar en la casa.

Pero esta vez era diferente. Algo grave seguramente había ocurrido porque ni el alcalde parecía tener los argumentos suficientes para calmar a don Medardo. Por eso cada vez llegaban más y más curiosos.

-No Medardo. Yo no puedo dar esa autorización porque usted es capaz de hacer una locura.

-Pero es que ese hijueputa Orlando... ese hijueputa...

-Tranquilo. Venga, vamos a la alcaldía y nos tomamos un trago y se calma un poco.

Y se lo llevó. Y a punta de Ginebra y buenos consejos logró calmar a don Medardo después de casi dos horas de charla. Esa noche don Medardo regresó a su casa. Organizó las cuentas del día y decidió tomar el percance como una llamada de un desocupado. Como una broma de un idiota que no tenía nada mejor que hacer. Cuando se disponía a cerrar la puerta que comunica la casa con la farmacia volvió a sonar el teléfono.

-Don Medardo?

-Si, ¿a la orden?

-Don Medardo, me enteré de la broma de mal gusto que le hicieron. El colmo que haya gente tan desocupada.

-Imagínese. Ese hijueputa me dañó el día.

-No no no, es que se ha perdido el respeto.

-Completamente. Imagínese, llamarme para decirme que me meta una cánula por el culo.

-¿Y como a que hora fue eso?

-No se... hace como 3 horas.

-¿Y no cree que ya es hora de que se la saque?

Y colgaron.


* FIN*








*. Ola, Juanpi actualizó el blog!! Pasen a ver y a comentar carajo! Apoyen al pelao!

*. Seguimos subiendo en Blogalaxia, ya vamos por el 9.

*. Mañana partimos de vacaciones a tierras santandereanas!

*. Primer gran encuentro de bloggers pingos!! A ver si logramos conocer por fin a la dotora.

*. Señorita Carolina. Regáleme su celular por el interno para ponernos de acuerdo también.

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