Siempre que veía en las películas gringas, que mostraban Colombia, y lo que pasaban era una chiva llena de gente sucia, dormida, con canastos, gallinas, cerdos y comiendo tacos, me decía... el colmo que nos muestren así; si aquí los buses no son así.
Resulta, que lo que pasaba era que yo no sabía que aquí los buses si eran así.
La semana pasada estuve haciendo unos trabajos en uno de los remolcadores de la empresa y tuve que bajarme en Gambote (departamento de Bolívar), y tomar de ahí un bus que me llevara hasta Cartagena para poder regresar a Barranquilla.
Después de esperar por casi una hora bajo el inclemente sol de las 2 de la tarde, logré subirme en un bus que cubría la ruta (creo que) Santa Lucía - Cartagena...
Mi primera impresión fue de asombro al ver al chofer del mencionado bus. Un negro, gordo como un gorila, que devoraba una mazorca cocida como si se tratara de su primera comida después del Ramadán.
Lo segundo que noté al subir al bus, fue el intenso y perturbante olor a comida (logré identificar chorizos y algo que parecía pescado salado), mezclada con sudor y, obviamente, mazorcas.
Y lo tercero, y quizá lo que más me impactó, fue la gente. La mayoría de los pasajeros de este hacinado bus iban comiendo mazorcas. Parecía que fuera el día internacional de comer mazorca. Los que no venían comiendo mazorca venían dormidos, mientras intentaban sujetar inmensas pilas de canastos, o gallinas, o bolsas con comida. Estas personas se veían cansadas. Se veían tristes. Sus ojos mostraban agotamiento. Sus ropas gastadas, sus zapatos rotos, denotaban unas condiciones de vida para nada favorables.
Creo que nunca había estado tan cerca de la realidad de nuestra gente como lo estuve ese día. Y si, yo sé que hay cientos de miles de Colombianos que ni siquiera tienen para comerse una mazorca. Y muchos me dirán que les parece ridículo que haga tanto escándalo por esa pendejada. Pero les juro que me sentí incomodo.
Y eso no fue lo peor.
Al llegar a Barranquilla a eso de las 8 de la noche, muerto de hambre, me bajé en el Centro Comercial Buenavista 2 para aprovechar y comerme una hamburguesa en el recién abierto Burger King.
Mientras hacía la fila, me encontré rodeado de niñas con cuerpos perfectos, cabellos dorados y tetas de silicona, y niños bronceados con camisas apretadas y bermudas de marca.
Los vi hablar por sus iPhones y mandarse mensajes de texto desde sus Blackberries.
Escuché a Cata contarle a Naty que estaba super bronceada porque acababa de llegar de las Bahamas.
Vi a Tico mostrarle a Rafa el reloj Invicta que le regaló papi por su cumpleaños.
Los escuché hablar de Harleys y Hummers y morderse la lengua para pedir unos chicken tenders.
Y entonces comprendí.
Comprendí que mientras dos negritos tengan que juntar monedas de 50 para poder compartir una mazorca en un bus hediondo y destartalado que va de Santa Lucía a Cartagena y Cata, Naty, Pato y Pao, compren un whooper con french fries, aunque no tengan hambre, solo para ver si sabe igual que en Los Angeles en el Burguer King de Buenavista 2, este país (y este planeta) no tienen futuro.